8 de diciembre de 2007

Chopin y Discépolo

La carrera de Frédéric Chopin (desde 1831 hasta 1849) se desarrolla durante el llamado “Romanticismo pleno”. Paralelamente en Europa brillaban en aquellos años Berlioz, Paganini, Robert Schumann, Mendelssohn, Meyerbeer y las primeras óperas de Verdi y Wagner.

Muchos rasgos de su vida son símbolos del romanticismo: su aire de misterio, su doloroso exilio, su inspiración atormentada, su refinamiento, incluso su temprana muerte, son temas románticos típicos. Sin embargo, es preciso notar que las biografías novelescas (también algunas películas) y las interpretaciones exageradas han terminado por falsificar la imagen del músico y su genio. De Candé ha dicho que “el mito con que se ha hecho víctima a su genio es el más tenaz y más nefasto de la historia de la música”.

Chopin nació el 1º de marzo de 1810 en Zelazowa Wola, a 60 kilómetros de Varsovia en el centro de Polonia. Hijo de padre francés y madre polaca. Comenzó a estudiar piano a los cuatro años, a los ocho ya ofrecía un concierto privado en Varsovia.
Influyó notablemente sobre otros compositores, como Franz Liszt y Claude Debussy. Sus obras incluyen 55 mazurcas, 27 estudios, 24 preludios, 19 nocturnos, 13 polonesas y 3 sonatas para piano. Entre sus otras obras destacan los Conciertos de juventud, en mi menor y fa menor opus 11 y opus 21.

Aunque expatriado, siempre fue leal a Polonia, un país desgarrado por las guerras; sus mazurcas reflejan los ritmos y melodías del folclore polaco. Emocionalmente derrumbado por la situación de su país y de su familia, pensó en abandonar su carrera como pianista. Sus sentimientos son conocidos a través de sus cartas y sus diarios: “En vano tratan de convencerme de que todo artista es un cosmopolita. Incluso, si así fuera, como artista, apenas soy un bebé, como polaco, tengo más de veinte años; espero por lo tanto que, conociéndome bien, no me reprochará usted que por ahora no haya pensado en el programa del concierto”. Se refería a un concierto benéfico que dio el 11 de junio de 1831 nuevamente en el Teatro Kärntnertor donde tocó el Concierto en mi menor.

Ese mismo año Chopin escribió que la motivación de componer era su "tal vez audaz pero noble deseo de crear un nuevo mundo para mí mismo". Su música confirma sus intenciones: siempre elegante y en muchos casos plena de heroísmo, en verdad constituye un mundo en sí misma y no se parece a la obra de ningún otro compositor. Robert Schumann la definió como “cañones sepultados entre flores”. Precisamente Schumann fue un fiel seguidor y un audaz crítico del compositor polaco, teniendo el acierto de descubrirle en un famoso artículo (publicado el 7 de diciembre en la revista Algemeine Musikalische Zeitung) que incluye la famosa cita “¡Quítense el sombrero, señores, he aquí un genio!”.

En 1837 Chopin se relacionó sentimentalmente con la escritora francesa George Sand. En 1838 cayó enfermo de tuberculosis y se trasladó a Mallorca, lugar maravilloso que el poeta argentino Enrique Santos Discépolo definió como “una isla que a Dios se le cayó de las alforjas”. Allí, en el Monasterio de Valdemosa, Sand lo atendió en su enfermedad hasta que las continuas disputas los separaron en 1847. A partir de entonces su actividad concertística se limitó a varios recitales en Francia, Escocia y Gran Bretaña.

Discépolo visitó la última morada del genial músico y compositor que finalmente murió en París el 17 de octubre de 1849. Quedó profundamente consternado en su recorrida por el Monasterio, “por sus paredes y por sus corredores penumbrosos y húmedos”.

El lugar era despiadadamente triste, el creador de Mordisquito pensó en ese hombre que a los 39 años se moría de tuberculosis, “con la tos constante y la desesperación de componer… con esa locura de los condenados a muerte”. El lugar era terriblemente descarnado, sin alma, pero ahí estaba el Piano donde Chopin ejecutó sus últimos acordes. Discépolo, impresionado y “con unción casi religiosa” deslizó delicademente sus dedos en las teclas amarillentas y envejecidas, “…el piano era lo único que tenía alma en aquel conjunto de cosas inanimadas…me impresioné…aquel no era el encuentro con un piano cualquiera…De pié esbozé siete o nueve compases de una canción que se me ocurrió angustiosa, desesperante, como ese viento que golpeaba implacablemente los maderos de aquella celda…Eso fue todo…apenas unos compases…y una suerte de pudor contuvo mis dedos”.

El genial poeta referiría más tarde, ya vuelto a Buenos Aires, “pensando en aquel pobre músico torturado, en su creación angustiosa entre la enfermedad y la muerte y con aquellos siete o nueve compases, compuse “Canción deseperada”. Yo no diría que las canciones de Chopin son inolvidables, sino que son desesperadas”.
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Soy una canción desesperada
hoja enloquecida en el turbión
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Dentro de mi mismo me he perdido
ciego de llorar una ilusión
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¿Por qué me enseñaron a amar
si es volcar sin sentido, los sueños al mar?

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